Durante su infancia en El Carmen, Puntarenas, Costa Rica, Rolando Rojas se sentaba en una banca frente al mar y dibujaba palmeras, botes y atardeceres. En aquel entonces, dibujar era simplemente curiosidad: una fascinación silenciosa por el mundo y por quienes parecían capaces de plasmarlo en el papel de forma natural.
Durante muchos años, esa fascinación permaneció latente. Su camino profesional lo llevó hacia la informática, la programación y, más tarde, el diseño digital. Sin embargo, a través de la multimedia, la animación, el color y la composición, el mundo visual regresó silenciosamente. Lo que parecía un camino distinto ya estaba formando otra manera de mirar.
No fue hasta la edad adulta cuando el dibujo volvió a su vida con una intención clara. El interés por las detalladas ilustraciones de Johanna Basford lo acercó al dibujo con pluma y tinta y a un curso breve que resultaría inesperadamente decisivo. Después de unas pocas semanas, su profesora reconoció un progreso que él nunca había imaginado y lo animó a continuar.
Aquel encuentro cambió la pregunta. Ya no se trataba de saber si había nacido sabiendo dibujar, sino de descubrir hasta dónde podían llevarlo la curiosidad, la disciplina y el tiempo.
La búsqueda lo condujo al realismo académico y a Atelier del Sol, en San José, donde se formó bajo la guía de Emilia Cantor y se sumergió en métodos de dibujo y pintura arraigados en la tradición académica. Más tarde se graduó como pintor académico: no como culminación de un recorrido, sino como base para uno más personal.
Hoy, su práctica se sitúa entre la disciplina y el descubrimiento: entre todo lo que la técnica puede enseñar y todo lo que solo puede surgir de la experiencia.